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Durante los Descubrimientos, la información geográfica se convirtió en un recurso estratégico. Las cartas náuticas, los derroteros, las indicaciones sobre costas y puertos y la propia experiencia de los pilotos podían marcar la diferencia entre encontrar una ruta comercial o navegar prácticamente a ciegas.
Por eso, Portugal intentó proteger parte de ese conocimiento mediante medidas asociadas a la llamada política del sigilo. Pero esta historia tiene una particularidad: a pesar de los esfuerzos por controlar la información, algunos de los secretos más valiosos acabaron saliendo del reino.
Para entender por qué existía tanta preocupación por la cartografía, hay que olvidar durante unos minutos nuestra idea moderna de mapa. Una carta náutica de los siglos XV o XVI podía reunir información obtenida a lo largo de varias expediciones: trazado de las costas, ubicación de islas, cabos y puertos, rumbos, distancias, latitudes y otros datos esenciales para la navegación.
Cada nuevo viaje permitía añadir información, corregir errores y hacer las rutas más precisas. Ese conocimiento se había conseguido con tiempo, inversión y riesgo.
Entregar una buena carta náutica a una potencia rival significaba permitirle beneficiarse de parte de esa experiencia sin tener que repetir todo el proceso de exploración. No es de extrañar, por tanto, que los mapas despertaran tanto interés.
Uno de los episodios más fascinantes de esta historia tuvo lugar en 1502. Alberto Cantino se encontraba en Lisboa al servicio de Ercole I d’Este, duque de Ferrara, cuando consiguió obtener una gran carta portuguesa que representaba algunos de los descubrimientos geográficos más recientes. Hoy la conocemos como el Planisferio de Cantino.
El 19 de noviembre de 1502, Cantino informó al duque de que había conseguido obtener el mapa. También sabemos cuánto le costó: 12 ducados de oro. El planisferio reunía información extraordinariamente reciente para la época, con representaciones de África, el océano Índico, parte de la costa de Brasil y el Atlántico.
En pocas palabras, era una ventana al conocimiento geográfico portugués de principios del siglo XVI. Sin embargo, hay un detalle importante.
En ocasiones se afirma que Cantino sobornó a un cartógrafo para realizar clandestinamente una copia de un gran mapa secreto custodiado por la Corona portuguesa. Es una magnífica historia de espionaje, pero no sabemos exactamente cómo consiguió el planisferio.
Lo que sí está documentado es que Cantino obtuvo la carta y pagó por ella. Y eso, por sí solo, dice mucho sobre el valor de la información cartográfica.
El Planisferio de Cantino llegó a Italia. Y, como ocurre tantas veces con la información confidencial, el conocimiento que contenía no permaneció aislado durante mucho tiempo.
Elementos cartográficos presentes en el planisferio empezaron a aparecer en otras obras europeas. La información que Portugal intentaba controlar comenzó así a circular entre cartógrafos extranjeros.
Actualmente, el mapa se conserva en la Biblioteca Estense Universitaria de Módena y constituye una de las fuentes más importantes para comprender la cartografía y el conocimiento geográfico de principios del siglo XVI. Pero Cantino estaba lejos de ser el único interesado en los secretos portugueses.
Las principales potencias marítimas europeas querían saber qué estaba descubriendo Portugal. Y estaban dispuestas a pagar por esa información.
En 1501, el veneciano Angelo Trevisan, secretario del embajador de Venecia en Portugal, escribió sobre las dificultades para conseguir información cartográfica en Lisboa. Las medidas portuguesas de control dificultaban especialmente el acceso a los mapas. Aun así, la información circulaba.
Otro episodio revelador tuvo lugar en 1503 y estuvo protagonizado por Juan de la Cosa, navegante y cartógrafo castellano conocido también por el célebre mapamundi que lleva su nombre. De la Cosa recibió 25 ducados de oro para una misión en Lisboa relacionada con la obtención de información. La documentación indica que siete de esos ducados estaban destinados a comprar dos cartas hidrográficas.
La operación no salió según lo previsto. Juan de la Cosa fue detenido en Portugal y la reina Isabel de Castilla tuvo que interceder por él. Sin embargo, los mapas acabarían llegando a Sevilla.
Este episodio demuestra hasta qué punto la cartografía formaba parte de un verdadero juego internacional de espionaje y competencia por el conocimiento.
En 1504, durante el reinado de Manuel I, encontramos una de las pruebas más importantes de que la Corona portuguesa intentaba controlar directamente la circulación de información cartográfica.
Una instrucción de aquel año prohibía la construcción de determinados globos y restringía la reproducción de mapas de África más allá de la región del río Manicongo. Este documento es especialmente importante porque demuestra que no estamos únicamente ante una teoría formulada siglos después.
Existieron realmente medidas oficiales destinadas a limitar la circulación del conocimiento geográfico portugués. La Corona comprendía perfectamente lo que estaba en juego. Las rutas marítimas significaban comercio. El comercio significaba riqueza e influencia. Y un mapa podía mostrar a un competidor cómo llegar hasta allí.
Por supuesto, este juego no funcionaba en una sola dirección. Portugal también quería conocer los planes, rutas y descubrimientos de sus rivales.
En 1510, por ejemplo, el portugués Alonso Álvares fue detenido en Sevilla. Había sido enviado por Manuel I para recopilar información sobre los descubrimientos castellanos e intentar convencer al piloto Juan Rodríguez Mafra de que pasara al servicio de Portugal.
Por tanto, estamos ante algo mucho más complejo que una historia de mapas escondidos. Era una auténtica disputa europea por el conocimiento.
Cartógrafos, pilotos, cosmógrafos y navegantes eran especialmente valiosos porque llevaban consigo algo que no podía guardarse simplemente dentro de un cofre: experiencia.
En ocasiones, contratar a un piloto experimentado podía ser tan importante como conseguir una carta náutica.
Sí, aunque la expresión debe utilizarse con cierta cautela. En el siglo XX, el historiador portugués Jaime Cortesão desarrolló una interpretación según la cual Portugal habría mantenido una estrategia sistemática y muy amplia de secreto en torno a sus descubrimientos.
Esta llamada “teoría del sigilo” tuvo una gran influencia en la historiografía portuguesa, aunque algunas de sus interpretaciones siguen siendo objeto de debate. Por eso es importante distinguir entre lo que está documentado y lo que continúa sujeto a interpretación.
Existen pruebas de que Portugal adoptó medidas para limitar la circulación de cartas náuticas, derroteros y otra información estratégica. También existen evidencias de espionaje, compra de documentos, detenciones e intentos de reclutar pilotos.
Lo que no podemos afirmar con la misma seguridad es que durante todo el periodo de los Descubrimientos existiera un sistema perfectamente organizado e impermeable capaz de impedir la circulación de toda la información.
De hecho, episodios como los de Cantino y Juan de la Cosa demuestran precisamente lo contrario. El secreto existía. Pero también existían las filtraciones.
La expresión resulta tentadora y ayuda a transmitir la importancia que tenía la información cartográfica en aquella época. Pero debe entenderse principalmente como una imagen.
No existe una base documental suficientemente sólida para afirmar, de forma generalizada, que cualquier persona que mostrara una carta náutica portuguesa a un extranjero fuera automáticamente condenada a muerte.
Sí sabemos que divulgar información considerada estratégica podía tener consecuencias muy graves. Hubo detenciones. Hubo acusaciones de traición. Hubo conflictos diplomáticos. Y hubo personas que recibieron dinero específicamente para obtener los secretos de otros.
Por eso, quizá sea más preciso decir que, durante los Descubrimientos, un mapa podía valer dinero, poder y rutas comerciales, y poner en peligro a quien intentara conseguirlo.
Los Descubrimientos no estuvieron protagonizados únicamente por barcos, marineros y largos viajes a través del océano. También fueron una enorme carrera por la información. Quien conocía primero una costa tenía ventaja. Quien descubría una ruta necesitaba saber cómo repetirla. Quien conseguía transformar la experiencia de los pilotos en cartas y derroteros podía enviar nuevos barcos por el mismo camino. Y quien compraba, copiaba o robaba esa información podía ahorrar años de exploración.
Siglos antes de hablar de información confidencial, propiedad intelectual o espionaje industrial, los grandes reinos marítimos europeos ya comprendían una regla muy sencilla: el conocimiento es poder.
En World of Discoveries puede conocer mejor el mundo de los navegantes, cartógrafos y hombres que transformaron las observaciones realizadas en el mar en conocimientos capaces de cambiar los mapas de su época. Descubra cómo navegar significaba mucho más que seguir una ruta y cómo un simple fragmento de pergamino podía guardar algunos de los secretos más valiosos de un reino.
Visite World of Discoveries y entre en una época en la que descubrir el mundo también significaba intentar impedir que los demás descubrieran antes sus secretos.
Es la expresión utilizada para describir las medidas adoptadas por Portugal para limitar la circulación de información estratégica relacionada con los descubrimientos marítimos, incluidas cartas náuticas, derroteros y conocimientos sobre nuevas rutas.
Porque reunían conocimientos adquiridos a lo largo de años de navegación. Una buena carta podía mostrar costas, puertos, islas, rumbos y rutas comerciales, permitiendo a otros navegantes aprovechar esa información sin repetir todo el proceso de exploración.
Es una carta portuguesa obtenida por Alberto Cantino en Lisboa en 1502 para el duque de Ferrara. Reunía información geográfica muy reciente y actualmente es una de las fuentes más importantes para estudiar la cartografía de principios del siglo XVI.
Existieron medidas oficiales destinadas a limitar la reproducción y circulación de determinada información cartográfica. Una instrucción de Manuel I de 1504 es uno de los ejemplos documentados de este control.
Sí. Existen episodios documentados de agentes extranjeros que intentaron obtener cartas e información portuguesas, pero Portugal también envió personas a recopilar conocimientos sobre los descubrimientos y proyectos de sus rivales.
No. A pesar de las medidas de control, la información cartográfica y los conocimientos náuticos acabaron circulando entre distintos reinos europeos. El propio Planisferio de Cantino es uno de los ejemplos más conocidos.
Porque llevaban consigo conocimientos adquiridos mediante la experiencia. Un piloto experimentado conocía rutas, vientos, corrientes, costas y técnicas de navegación que no siempre aparecían completamente registradas en una carta.

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